Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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Ana de Austria se ruborizó.
--Uno de aquellos cuatro valientes que hicieron tantas proezas --añadió Felipe.
La reina madre se arrepintió de haber querido morder.
--Sea cual fuese vuestra elección --dijo Ana de Austria, -- desde luego la tengo por excelente.
--En él --continuó Felipe --veréis la profundidad de Richelieu, descartada la avaricia de Mazarino.
--¿Un primer ministro, Sire? --preguntó el duque de Orleans no teniéndolas todas consigo.
--Ya os lo contaré, hermano mío... Pero es singular que no esté aquí el señor de Herblay. --Y levantan-
do la voz, añadió: --Avisen al señor Fouquet que tengo que hablar con él... ¡Ah! ante vosotros, ante voso-
tros; no os retiréis.
Saint-Aignán volvió trayendo nuevas satisfactorias de la reina María Teresa, que guardaba cama sólo por
precaución y para recobrar la fuerza para cumplir la voluntad del rey.
Mientras andaban buscando por todas partes a Fouquet y a Herblay, el nuevo rey continuaba apacible-
mente sus pruebas, y todo el mundo, familia, servidumbre y criados, le tenían por el rey, en su gesto, en su
voz y en sus hábitos.
Felipe, aplicando a todas las fisonomías la nota y el dibujo fieles que le proporcionó su cómplice Her-
blay, se portaba de modo que no podía despertar la más leve sospecha en el ánimo de los que le rodeaban.
Nada podía en lo porvenir inquietar al usurpador. Y aquí es de admirar la portentosa facilidad con que la
Providencia acababa de derrumbar el mayor poder del mundo para sustituirlo con el más humilde.
Felipe admiraba la bondad de Dios para coni él, pero a las veces le parecía que se interpusiera una nube
entre él y los rayos de su nueva gloria. Aquella nube era la ausencia de Aramis.
Decayó la conversación. Felipe no pensaba en despedir a su hermano ni a Enriqueta, que no acertaban a
explicarse aquel descuido del rey, y empezaban a impacientarse. Entonces, Ana de Austria se inclinó hasta
su hijo y le dirigió algunas palabras en castellano. Felipe, que ignoraba el idioma, palideció ante el inespe-
rado obstáculo; pero como si el imperturbable espíritu de Herblay lo hubiese cubierto con su infalibilidad,
en vez de desconcertarse se levantó.
--¡Qué! ¿no me respondéis? --repuso Ana de Austria.
--¿Qué ruido es ese? --preguntó Felipe volviéndose hacia la puerta de la escalera secreta. --¡Por aquí!
¡por aquí! ¡Faltan pocos escalones para llegar, Sire! --gritó una voz.
--La voz del señor Fouquet --dijo D'Artagnan, que estaba en pie junto a la reina madre.
--No andará lejos el señor de Herblay --añadió Felipe, el cual vio lo que nunca pudo esperar que vería
tan cerca de sí.
Todos miraron hacia la puerta por la cual presumían iba a entrar Fouquet; pero no fue éste quien entró,
sino otro personaje que arrancó una exclamación terrible, de dolor, al rey y a todos los circunstantes,
Ni aun los hombres cuyo sino encierra más elementos extraños y accidentes maravillosos, les es dado
contemplar un espectáculo semejante al que ofrecía aquel momento el dormitorio real.
Al través de los medio cerrados postigos entraba una vaga claridad, velada por grandes colgaduras de ter-
ciopelo forradas de tupida seda.
En medio de aquella suave penumbra se habían dilatado poco a poco las pupilas, y cada cual veía a los
demás antes con la confianza que no con los ojos. Con todo, en tales circunstancias llega uno a distinguir
todo cuanto lo rodea, y si se presenta un nuevo objeto, éste aparece luminoso como bañado por los rayos
del sol. Esto fue lo que sucedió respecto de Luis XIV cuando apareció, pálido y con el ceño fruncido, baja el cor-
tinón de la escalera secreta seguido de Fouquet, en cuyo rostro se veían impresas la severidad y la tristeza.
La reina madre, que tenía asida una de las manos de Felipe, al ver a Luis XIV, lanzó un grito, como lo
habría hecho al ver un fantasma, el duque de Orleans quedó momentáneamente deslumbrado, y dejó de
mirar al rey que tenía enfrente para posar los ojos en el que estaba a su lado, y la princesa, juguete de una
ilusión qua nada tenía de inverosímil, se adelantó un paso, creyendo que veía reflejada en un espejo la ima-
gen de u cuñado. Los dós príncipes, desconcertados a cual más, pues renunciamos a pintar el espantoso
sobrecogimiento de Felipe, temblorosos los dos, y los dos con las manos crispadas, se medían mutuamente
con los ojos y hundían uno en el alma del otro miradas más agudas que un puñal. Mudos, jadeantes, encor-
vados, no parecía sino que iban a arremeterse cual encarnizados enemigos. Aquella inaudita semejanza de
rostro, ademanes y estatura, la casual semejanza de trajes --pues Luis, al pasar por el Louvre, se había
puesto uno dé terciopelo morado, --aquella acabada analogía de ambos príncipes acabó de trastornar el
corazón de Ana de Austria, sin embargo que todavía no adivinaba la verdad. Que hay desventuras que el


 

 
 

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